José Carlos Mariátegui
"Esquema de la evolución
económica"
III. El periodo
del guano y del salitre
El capítulo de
la evolución de la economía peruana que se abre con el descubrimiento de la
riqueza del guano y del salitre y se cierra con su pérdida, explica totalmente
una serie de fenómenos políticos de nuestro proceso histórico que una
concepción anecdótica y retórica más bien que romántica de la historia peruana
se ha complacido tan superficialmente en desfigurar y contrahacer. Pero este
rápido esquema de interpretación no se propone ilustrar ni enfocar esos
fenómenos sino fijar o definir algunos rasgos sustantivos de la formación de
nuestra economía para percibir mejor su carácter de economía colonial.
Consideremos sólo el hecho económico.
Empecemos por constatar que al guano y al salitre,
sustancias humildes y groseras, les tocó jugar en la gesta de la República un
rol que había parecido reservado al oro y a la plata en tiempos más
caballerescos y menos positivistas. España nos quería y nos guardaba como país
productor de metales preciosos. Inglaterra nos prefirió como país productor de
guano y salitre. Pero este diferente gesto no acusaba, por supuesto, un móvil
diverso. Lo que cambiaba no era el móvil; era la época. El oro del Perú perdía
su poder de atracción en una época en que, en América, la vara del pioneer descubría
el oro de California. En cambio el guano y el salitre —que para anteriores
civilizaciones hubieran carecido de valor pero que para una civilización
industrial adquirían un precio extraordinario— constituían una reserva casi
exclusivamente nuestra. El industrialismo europeo u occidental —fenómeno en
pleno desarrollo— necesitaba abastecerse de estas materias en el lejano litoral
del sur del Pacífico. A la explotación de los dos productos no se oponía, de
otro lado, como a la de otros productos peruanos, el estado rudimentario y
primitivo de los transportes terrestres. Mientras que para extraer de las
entrañas de los Andes el oro, la plata, el cobre, el carbón, se tenía que
salvar ásperas montañas y enormes distancias, el salitre y el guano yacían en
la costa casi al alcance de los barcos que venían a buscarlos.
La fácil explotación de este recurso natural dominó
todas las otras manifestaciones de la vida económica del país. El guano y el
salitre ocuparon un puesto desmesurado en la economía peruana. Sus rendimientos
se convirtieron en la principal renta fiscal. El país se sintió rico. El Estado
usó sin medida de su crédito. Vivió en el derroche, hipotecando su porvenir a
la finanza inglesa.
Esta es a grandes rasgos toda la historia del guano y
del salitre para el observador que se siente puramente economista. Lo demás, a
primera vista, pertenece al historiador. Pero, en este caso, como en todos, el
hecho económico es mucho más complejo y trascendental de lo que parece.
El guano y el salitre, ante todo, cumplieron la
función de crear un activo tráfico con el mundo occidental en un período en que
el Perú, mal situado geográficamente, no disponía de grandes medios de atraer a
su suelo las corrientes colonizadoras y civilizadoras que fecundaban ya otros
países de la América indo-ibera. Este tráfico colocó nuestra economía bajo el
control del capital británico al cual, a consecuencia de las deudas contraídas
con la garantía de ambos productos, debíamos entregar más tarde la
administración de los ferrocarriles, esto es, de los resortes mismos de la
explotación de nuestros recursos.
Las utilidades del guano y del salitre crearon en el
Perú, donde la propiedad había conservado hasta entonces un carácter
aristocrático y feudal, los primeros elementos sólidos de capital comercial y
bancario. Los profiteursdirectos e indirectos de las riquezas del
litoral empezaron a constituir una clase capitalista. Se formó en el Perú una
burguesía, confundida y enlazada en su origen y su estructura con la
aristocracia, formada principalmente por los sucesores de los encomenderos y
terratenientes de la colonia, pero obligada por su función a adoptar los
principios fundamentales de la economía y la política liberales. Con este
fenómeno —al cual me refiero en varios pasajes de los estudios que componen
este libro—, se relacionan las siguientes constataciones: "En los primeros
tiempos de la Independencia, la lucha de facciones y jefes militares aparece
como una consecuencia de la falta de una burguesía orgánica. En el Perú, la
revolución hallaba menos definidos, más retrasados que en otros pueblos
hispanoamericanos, los elementos de un orden liberal burgués. Para que este
orden funcionase más o menos embrionariamente tenía que constituirse una clase
capitalista vigorosa. Mientras esta clase se organizaba, el poder estaba a
merced de los caudillos militares. El gobierno de Castilla marcó la etapa de
solidificación de una clase capitalista. Las concesiones del Estado y los
beneficios del guano y del salitre crearon un capitalismo y una burguesía. Y
esta clase, que se organizó luego en el ‘civilismo’, se movió muy pronto a la
conquista total del poder".
Otra faz de este capítulo de la historia económica de
la República es la afirmación de la nueva economía como economía
prevalentemente costeña. La búsqueda del oro y de la plata obligó a los españoles
—contra su tendencia a instalarse en la costa—, a mantener y ensanchar en la
sierra sus puestos avanzados. La minería —actividad fundamental del régimen
económico implantado por España en el territorio sobre el cual prosperó antes
una sociedad genuina y típicamente agraria—, exigió que se estableciesen en la
sierra las bases de la Colonia. El guano y el salitre vinieron a rectificar
esta situación. Fortalecieron el poder de la costa. Estimularon la
sedimentación del Perú nuevo en la tierra baja. Y acentuaron el dualismo y el
conflicto que hasta ahora constituyen nuestro mayor problema histórico.
Este capítulo del guano y del salitre no se deja, por
consiguiente, aislar del desenvolvimiento posterior de nuestra economía. Están
ahí las raíces y los factores del capítulo que ha seguido. La guerra del
Pacífico, consecuencia del guano y del salitre, no canceló las otras
consecuencias del descubrimiento y la explotación de estos recursos, cuya
pérdida nos reveló trágicamente el peligro de una prosperidad económica apoyada
o cimentada casi exclusivamente sobre la posesión de una riqueza natural,
expuesta a la codicia y al asalto de un imperialismo extranjero o a la
decadencia de sus aplicaciones por efecto de las continuas mutaciones
producidas en el campo industrial por los inventos de la ciencia. Caillaux nos
habla con evidente actualidad capitalista, de la inestabilidad económica e
industrial que engendra el progreso científico (3).
HERACLIO BONILLA
“Guano y Burguesía en el Perú”
¿Qué puede pensar el extranjero que lea, allá en
los solaces de su hogar, su diario de debates, su periódico oficial, su crónica
de tribunales y su movimiento de aduanas? Dirá que el Perú es un país culto,
que marcha a sus destinos en armonía con la humanidad. ¿Y qué dirá el mismo
extranjero, si venido a estas playas, pregunta, averigua y palpa que el
Presidente de la República es hijo de la intriga y no del sufragio; que no hay
tal separación de poderes; ni tal Ley del Presupuesto; ni Universidades, ni cosa
que lo valga, sino que todo es una farsa? Apartará de él los ojos y dirá: esto
no es sociedad, ni gobierno, sino guano. Repugnante, vergonzoso, desesperante y
doloroso es decirlo; pero es la verdad. Carlos Lisson (1865)
lanic.utexas.edu/project/laoap/iep/ddtlibro15.pdf
departamento.pucp.edu.pe/economia/images/documentos/DDD64.pdf
El gran «boom» del guano (y su caída)
El Perú era una nación destrozada para 1839. La deuda y la destrucción que dejaron las guerras de la Confederación Peruano-Boliviana (1836−1839) y de la Independencia (1822−1825), junto con la aplastante deuda por impago de 1826 y los efectos de varias centurias como colonia española, dejaron la economía del país empequeñecida y dominada por la artesanía, careciendo incluso de sistema bancario.[1]
departamento.pucp.edu.pe/economia/images/documentos/DDD64.pdf
El gran «boom» del guano (y su caída)
A
medida que los precios de la energía suben con el interminable envilecimiento
del dólar, el euro y otras monedas importantes, se deja sentir
a gritos el eterno reclamo de intervención estatal en los mercados
energéticos. Los intereses detrás de estas políticas defienden la manipulación
de los mercados del petróleo, el carbón y el gas natural por parte de
los gobiernos, así como un sólido control estatal de recursos sin refinar
como el petróleo o los minerales, similares a los yacimientos
del Refugio Natural de Vida Salvaje del Ártico.
¿Aprendemos
de la historia?Ahora que en el Perú regresan poco a poco los
controles estatales sobre prácticamente todo, ofrecemos este revelador
artículo sobre algo que ya deberíamos haber asimilado (o no haberlo
olvidado).
Existe una firme creencia
en que los gobiernos son superiores a los intereses privados
y a los mercados en el manejo de los recursos naturales. Aunque
muchos ejemplos en la historia reciente demuestran lo insensato de esta
creencia, la experiencia del Perú durante el siglo XIX, cuando sufrió un perverso auge económico
y la posterior quiebra del país como consecuencia del mismo, nos
ofrece un ejemplo particularmente convincente de los terribles efectos
que tiene el delegar el uso de recursos preciosos a planificadores
centrales.
El Perú era una nación destrozada para 1839. La deuda y la destrucción
que dejaron las guerras de la Confederación Peruano-Boliviana (1836−1839)
y de la Independencia (1822−1825), junto con la aplastante deuda por
impago de 1826 y los efectos de varias centurias como colonia española,
dejaron la economía del país empequeñecida y dominada por la artesanía,
careciendo incluso de sistema bancario.[1]
Pero
en los primeros años de la década de 1840 se produjo un espectacular descubrimiento.
Debido a una rara carencia de lluvias y à la particular variedad
de aves marinas que allí anidaban, se encontró que las Islas Chincha estaban
cubiertas por montañas de excrementos de ave acumuladas durante siglos,
alcanzando en algunos lugares una altura de varios cientos de pies. De una
calidad particularmente alta, se llegó a pensar que eran los mayores
depósitos de guano de ave del mundo, en una época en que este se usaba como
fertilizante en todas partes. De este modo, un valioso recurso natural fue
hallado de la nada, uno que prometía —si se manejaba adecuadamente— producir
una riqueza que haría «tambalear los sueños de la imaginación oriental»,
dando paso, posiblemente, a una nueva era de progreso y desarrollo.[2]
La
oportunidad fue inmediatamente obvia para los políticos peruanos. En
la Lima poscolonial, «la actitud que prevalecía sobre la política era
que esta es un negocio, y que una vez que se alcanzaba (un cargo
público) lo normal era obtener beneficios».[3] Así
fue que, no mucho después del descubrimiento de los depósitos de guano,
el gobierno peruano tomó posesión de las islas en forma sumaria, ostensiblemente
para asegurar «la integridad nacional y el uso productivo del
guano».[4] La
suposición implícita era que el estado, con su monopolio de la fuerza,
actuaría como custodio de dicho recurso para su pueblo. «El estado peruano
(…) consideraba el fertilizante como un bien público y un recurso de
desarrollo (…) su monopolio aseguraría una prosperidad que
podría ser dirigida hacia una modernización y un desarrollo más
amplios y duraderos».[5]
tiene el delegar el uso de recursos preciosos a planificadores
centrales.El Perú era una nación destrozada para 1839. La deuda y la destrucción que dejaron las guerras de la Confederación Peruano-Boliviana (1836−1839) y de la Independencia (1822−1825), junto con la aplastante deuda por impago de 1826 y los efectos de varias centurias como colonia española, dejaron la economía del país empequeñecida y dominada por la artesanía, careciendo incluso de sistema bancario.[1]
Se
designó a Francisco de Quiroz, un político, para dirigir inicialmente
la extracción y las operaciones de transporte por mar. En los primeros
años, a medida que el potencial económico del fertilizante se hizo
aparente, el gobierno «fortaleció su posición sobre los contratistas en
forma progresiva», llegando a controlar los precios y destinando
prisioneros à la extracción del guano.[6]
Una
de las primeras cosas que hizo el gobierno peruano con los ingresos del fertilizante
fue saldar sus deudas de guerra; de hecho, para 1853 —contra todo pronóstico—
este se encontró, breve y envidiablemente, libre de deudas. Sin
embargo, pronto empezó a endeudarse de nuevo, garantizando los préstamos
con las ventas futuras del guano.
Pese
a que «a menudo resonaba la retórica del liberalismo económico en
las publicaciones y anuncios oficiales» para guardar las apariencias,
el negocio estatal de extracción y transporte de materia fecal era,
en la práctica, mercantilismo puro: nacionalización de un recurso para
agrandar el estado, con una notable —y a menudo reconocida— disposición
a beneficiar a individuos y grupos cercanos al poder.[7] En
las siguientes décadas,
los
gastos del estado crecieron junto con las ganancias del guano. Los gastos
militares y el servicio de la deuda se llevaban gran parte de dicho
incremento (…) El control de los ingresos del guano (…) permitía al
gobierno pagar a quienes lo apoyaban, y financiar grandes fuerzas
militares (…) Los beneficios del guano eran un premio, que incrementaba
las ganancias de aquellos grupos privados que ganaban el control del
estado».[8]
En
un sórdido contexto de corrupción, negociados de poder y arrogancia
en los corredores políticos y salones de fumadores de los clubes
sociales de Lima, «las élites políticas se fortalecían sacando provecho
de las políticas del gobierno».[9] El
número de sinecuras estalló. Se estima que «el gobierno (y sus contratistas
locales) se las arreglaron para quedarse con un impresionante 71% del
resultado final de las ventas» del abono exportado.[10] Los
contratistas, como se supo después, «inflaban habitualmente los costos
para defraudar al gobierno e incrementar sus ganancias».[11]
Como
era de esperar, virtualmente todos los proyectos que surgieron de los beneficios
del guano se concentraron en la capital, Lima, y sus áreas aledañas.
El presupuesto público se triplicó hacia 1860, y, en una nación con la mayor
parte de su población viviendo en la pobreza, se construyeron mansiones
muy selectas a medida que las modas de Londres y Paris llegaban
a las calles de Lima.[12]
Obras
públicas y prebendas privadas remodelaron la ciudad «(…) con imponentes
museos, parques, plazas, academias, bulevares, mansiones y teatros,
sin mencionar lo último en sistemas de agua potable y ópera italiana.
Importaciones —de todo, desde textiles de uso diario hasta lujosos accesorios
y añejos vinos franceses [llegaron à la ciudad].[13]
Se
hicieron planes para cualquier cosa, desde astilleros auspiciados por
el estado hasta «agroindustrias», pese a que algunos peruanos eran
conscientes de que la bonanza no podía durar indefinidamente. En 1862, el
intelectual y hombre de negocios Manuel Pardo publicó Estudios
sobre la provincia de Jauja, señalando que en los 15 años anteriores
los yacimientos de guano de Chincha habían generado unos 150 millones de
dólares de ingresos, pero que esa riqueza «ya estaba perdida». Estimó que al
Perú le quedaban quizás unos 10 ó 12 años de depósitos extraíbles
hasta que sobrevenga «el agotamiento del recurso».[14] Pese
a ello, en vez de exigir responsabilidad fiscal (sin referirnos
siquiera a las ausentes fuerzas del mercado), Pardo defendía que los
proyectos del estado fuesen más grandes y de más largo plazo. Específicamente,
defendía el programa del espacio del siglo XIX: líneas de ferrocarriles
construidas y subvencionadas por el Estado.
Los
ferrocarriles, según la teoría, eran el umbral del crecimiento económico
y el acceso a un prestigio como país industrializado de Primer
Mundo; más aún, se decía, con ello se crearía mercados propios. ¿Cómo
podían tomar en serio al Perú sus socios comerciales europeos —es decir,
como algo más que una mera e interminable fuente de excremento aviar—,
si las reatas de mulas eran todavía el principal medio de viaje en
los Andes?
Pero
un Perú cruzado por líneas de tren necesitaría más que locomotoras, vagones
y estaciones. Para desarrollar las capacidades locales requeridas
en el manejo de los ferrocarriles, dijeron otros intelectuales, el Perú
necesitaría más instituciones. De este modo, se ampliaron los planes
y el presupuesto para incluir una escuela de ingenieros, un «instituto
de ciencia» y una sociedad metalúrgica.[15]
Los
ecos de una interminable juerga fiscal resonaron por todo el globo, y,
para mediados de la década de 1860, ingenieros, industriales en ciernes
y rapaces vendedores de cualquier cosa provenientes de todo el
mundo llegaron al Perú, donde buscaron febrilmente a los funcionarios
del estado con la intención de participar en el boomde la construcción.
La manía ferroviaria alcanzó proporciones explosivas en 1868 con la llegada
del indisputado rey de los promotores ferroviarios del momento: Henry
Meiggs. Los gastos del gobierno en el ferrocarril eran monumentales:
luego de lanzar dos ventas masivas de bonos en Londres en 1870 y 1872,
los proyectos ferroviarios llegaron a consumir hasta el 57% del
presupuesto del estado, llegando a tomar, solo para el servicio de la
deuda, los ingresos totales del guano.
La
fase final del boom del guano puede muy bien haberse alcanzado
hacia 1871, cuando Meiggs saludó la puesta en marcha de un ferrocarril como
el «ariete de la civilización moderna, cuyo silbato despertará à la
raza nativa de su sueño» y traerá «la revolución social».[16]
Mientras
tanto, los cerros de guano de la costa del Perú se encogían:
«El
problema de la extinción que se acercaba no era inmediato en los cincuenta
y sesenta, y la administración de Lima —cortoplacista, oportunista
y, en distintos grados, corrupta— no era de las que puede esperarse que
tenga en cuenta el futuro bienestar económico del país».[17]
En
1871, el dirigente peruano, Coronel José Balta, reflexionaba admirado
sobre los logros de los proyectos del estado derivados de la explotación
del guano, atribuyéndoles haber «dado vida al feliz sueño de la gente (…)
movilizado el trabajo, detenido el desempleo, creado industria, engendrado
el espíritu de los negocios, renovado el crédito, y ser la raíz de la
tranquilidad pública».[18]
Estas
últimas palabras se volverían famosas cuando la endeudada economía del
Perú se puso repentinamente de cabeza por el Pánico de 1873. La crisis europea
golpeó la economía peruana de dos formas: primero, porque el gobierno
peruano había incrementado tanto los precios del guano, desdeñando la competencia
de productos alternativos, que los granjeros afectados por la crisis
optaron por usar fertilizantes más baratos; esto drenó la demanda de cargamentos
desde las Islas Chincha. Segundo, porque con los mercados de dinero
y materias primas de Londres congelados, los inversionistas dejaron
de dar crédito al Perú, una vez más agobiado por la deuda.
En
respuesta à la crisis económica, en 1875, Pardo, ahora presidente
del Perú, ordenó al ejército ocupar los yacimientos de nitratos del sur
del país, en la frontera con Chile, en un esfuerzo por compensar el declinante
negocio del guano con los ingresos de otra fuente de fertilizantes. Aunque
el estado apresuró la expropiación de tierras e instalaciones de
inversionistas privados, la medida hizo muy poco, y lo hizo muy
tarde, por remediar el problema. Los trabajos en los proyectos ferroviarios
se detuvieron en agosto de 1875. En los meses siguientes, diversos proyectos
del gobierno cayeron en cesación de pagos en medio de un creciente contagio
financiero que culminó en enero de 1876, cuando el Perú dejó de pagar su
deuda soberana por segunda vez en un siglo: las montañas de préstamos de
bancos europeos contrastaban cruelmente con los decrecientes montones
de excrementos de aves.
El
viajero Alexander Duffield describió el Perú tras el boom del
guano, en 1877:
La
tierra no está cultivada (…) las fuentes de agua y sistemas de irrigación
están malogrados (…) es asombroso que los habitantes (de Lima) hayan sobrevivido,
y que aquellos que no han muerto en la revolución del año pasado no
hayan sido diezmados por una epidemia (…) dejadez (…) es la orden del
día».[19]
Encontró,
además, que las carreteras estaban «en ruinas», con ciudadanos peruanos
«viviendo de la mano à la boca». Pleitos y litigios eran la orden
del día: «acudir à la Ley no es tan solo una pasión infame (…) es un
medio de vida». El «sueño feliz de la gente» imaginado por Balta no era más
que un mito: solo entre 1866 y 1877 los precios casi se duplicaron,
y entre 1857 y 1876 la tasa de desempleo subió de 16.1%
a 23.4%.[20]
Duffield
resumió con maliciosa ironía el periodo no tanto como la era del guano sino
como la «era de la mierda».[21]
La
pesadilla no había terminado. A fines de 1878, con los bancos derrumbándose
y los gastos del gobierno el doble de sus ingresos, las máquinas impresoras
de billetes se pusieron a trabajar. Inmensas cantidades de moneda
se emitieron rápidamente, y muy pronto golpeó la hiperinflación.
Se estima que en solo diez días «60 millones de soles fueron puestos en circulación
(…) una suma equivalente a 2 millones de los antiguos soles».[22] Los
soles con respaldo de plata desaparecieron completamente de circulación,
«no había transacciones con papel moneda, y los negocios estaban prácticamente
paralizados».[23]
Habiendo
tenido acceso ilimitado al crédito en Londres (…), pero ahora agobiado con
la mayor deuda externa de América Latina, el Perú no estaba preparado para
la quiebra. Pasó de la riqueza más grande à la miseria, y no le quedaba
nada que mostrar como avance económico duradero.[24]
La
inestabilidad barrió à la nación, con unos 36 intentos de levantamiento
en cuatro años. Las cosas pronto se pusieron peores cuando Chile, en respuesta
à la ocupación de los campos de nitratos ordenada por Pardo, invadió
el Perú en 1879.[25] Derrotado
militarmente hacia 1883 y cargado con una moneda envilecida, una
deuda externa voluminosa y las secuelas de la posguerra, al Perú le
tomaría décadas recuperarse.
En
retrospectiva, «el guano fue una gran oportunidad perdida para el desarrollo
del Perú (…) ya que las inversiones del estado pusieron obstáculos infranqueables
a los emprendedores nacionales, la diversificación y las
mejoras en productividad doméstica».[26] En
unas cuatro décadas, bajo la supervisión y la dirección del gobierno,
entre 11 y 12 millones de toneladas de excremento para abono fueron
embarcadas, generando ingresos por 500 millones de dólares. (Otro estimado
sostiene que el número de toneladas transportadas fue de más de 20 millones,
y los ingresos 2,000 millones de dólares). Pero, al final, el 53% de lo
ingresado por las ventas del guano se gastó en hacer crecer la burocracia
y el ejército, el 12% en transferir pagos directamente y el 7%
en la reducción de imposiciones tributarias.[27] El
20% se había gastado en los ferrocarriles.
Aunque
la mayor parte de los gastos del gobierno fueron malas inversiones, las de
los ferrocarriles fueron las peores. Para cuando el Perú se recuperó por
completo de su situación, el camión se había vuelto la alternativa más eficiente
para el transporte de bienes.[28] A lo
largo de muchas de las vías ferroviarias que se planificaron yacían ciudades
fantasmas, ocupadas aquí y allá por trabajadores ferroviarios
sin empleo, hacinados en chozas. En el momento en que los ferrocarriles
peruanos cesaron los pagos de sus obligaciones, y las vías
a medio construir yacían oxidándose en la selva, los mismos promotores
que se habían burlado de las caravanas de mulas echaron la culpa del fracaso
à la competencia de éstas.[29]
Es
nada sorprendente y muy revelador el que uno de los pocos proyectos
estatales que llegó a «servir» à la gente del Perú al final del boom del
guano, fue una penitenciaría.[30]
La
causa final del fracaso de la industria del guano para establecer una prosperidad
económica duradera ha sido tema de debate por más de un siglo en los círculos
económicos: específicamente, ¿cómo es que un recurso natural que es
fácil de extraer, y es demandado por todo el mundo, no solamente no
llevó à la prosperidad sino que de hecho pareció conducir a una
implosión económica?
Por
supuesto, la minería del guano y su exportación no fueron lo que produjo
el fracaso; lo que lo hizo fueron las irresponsables políticas fiscales
y monetarias del gobierno peruano. Una explicación sostiene que «una
pobre selección de proyectos de inversión» tuvo la culpa de la quiebra.[31] Mientras
que esto es indudablemente cierto, ello sugiere que el gobierno podría haber
sido capaz de hacer buenas «elecciones de inversión» en otras circunstancias.
Como escribió Mises:
Conducir
los asuntos de gobierno es tan diferente de los procesos industriales
como perseguir, juzgar y declarar culpable a un asesino lo es
de sembrar y cosechar granos, o fabricar zapatos. La eficiencia
del gobierno y la eficiencia de la industria son cosas completamente
distintas (…) Ninguna reforma puede convertir una oficina pública en
algún tipo de empresa privada. Un gobierno no es una empresa que busca beneficios.[32]
¿Cómo,
entonces, pudo haber hecho el estado peruano para manejar con éxito el abundante
fertilizante de su litoral? Sencillamente: no metiéndose en el medio.
El gobierno pudo haber notificado a los ciudadanos —entre ellos,
a empresarios en ciernes— de la existencia del guano en los depósitos
de la costa. Los propietarios de tierras y concesionarios del
estado, y empresarios mineros aventureros, se habrían organizado
para tomar concesiones que trabajarían a su propio riesgo. Menos
deseable, pero aún así preferible a lo que realmente ocurrió, era la
opción de que el gobierno subastase las montañas de guano a emprendedores
individuales y corporativos, tanto de casa como extranjeras, permitiendo
una competencia basada en los conocimientos, la eficiencia y el
precio.
¿Y
de ahí qué? Hay tantas posibilidades como las que el mercado ofrezca.
Algunos empresarios habrían extraído y exportado el guano; otros
podrían haber usado el fertilizante para desarrollar proyectos de agricultura
en el Perú, o en otros lugares; y algunos de los que exportaban
el guano podrían haberlo intercambiado por otras materias primas o por
maquinaria requerida para empezar otros negocios. Incluso, podrían haberlo
almacenado para venderlo en el futuro, o usado una parte para experimentar
en el desarrollo de fertilizantes alternativos, explosivos
o materiales de construcción.
Un
especulador de terrenos podría haber comprado, alquilado o hipotecado
concesiones de tierras, planeando construir casas u otras estructuras
una vez que el guano desapareciese. Una entidad especialmente bien financiada
podría haber comprado la mayor parte de las concesiones, o todas, de
los concesionarios iniciales, creando con ello la posibilidad de financiar
otros esfuerzos empresariales mientras intentaba obtener ganancias del
guano mediante economías de escala. Los comerciantes pudieron crear instrumentos
—futuros, contratos de tipos de cambio futuros* y opciones— que permitieran
especular con los precios del guano, reducir los riesgos** y las
entregas. El establecimiento de comercios de suministro de material
minero, distribuidores de provisiones y otras empresas parecidas
también era posible. Todas estas formas de negocios podrían haber tenido el
potencial de producir grandes y duraderos beneficios para el Perú
y su gente. Aunque fuese el más obvio, vender el guano directamente,
después de todo, era tan solo uno de los usos posibles de los yacimientos.
Pero los usos alternativos solo podían ser explorados en forma exhaustiva
a través de numerosos actores independientes compitiendo en los
mercados; por esa razón, los recursos sujetos à la autoridad política
tienden a ser utilizados improductivamente, cuando no son directamente
destruidos.
Los
políticos peruanos estaban guiados por el clientelismo más que por los
precios, por lo que el negocio siguió una pauta de auténtica bacanal que
terminó ineludiblemente en el derrumbe económico. Los estados, por su
propia naturaleza, no pueden coordinar —y, de hecho, no coordinan— la
producción con el consumo. Esto los lleva à la utilización ineficiente
y a los proyectos derrochadores e insostenibles.
¿Estaría
escondida una cura para el cáncer en la colosal masa de excrementos de
ave, propicia para la agricultura? ¿Innovadores como Henry Ford
o los hermanos Wright podrían haber salido de entre los
«guano-emprendedores» peruanos, o haber germinado a partir de
ellos? Todo es posible, aunque nunca lo sabremos. Pero, queda claro, por lo
menos, que una potente demostración del poder del comercio que opera sin grilletes
—que pudo haber inspirado a millones de emprendedores en América
del Sur, y más allá inclusive— se perdió irremediablemente.
En
un mundo de deseos infinitos y medios limitados es inevitable hacer
elecciones. El estudio de la historia y de la economía revela que,
aunque los mercados no hacen promesas, tampoco mienten. La única elección
posible es si la distribución —o la redistribución, si es el caso— debe
hacerse orgánicamente mediante la mano equilibradora del sistema de precios,
o mediante la corrupta y depredadora garra del estado.
Copyright © 2012 Instituto
Ludwig von Mises. Publicado por Proyecto
Republica con permiso del ILM.
Traducido
por Alexander A. Forsyth. Ver artículo
original.
[1] Catalina
Vizcarra, «Guano, Credible Commitments, and State Finances in Nineteenth-Century
Peru,» Journal of Economic History Vol. 69, No. 2 (2009): 358.
[2] American
Fertilizer. Volumen 34, p. 32.
[3] Stephen
M. Gorman, «The State, Élite, and Export in Nineteenth Century Peru: Toward
an Alternative Reinterpretation of Political Change,» Journal of Interamerican
Studies and World Affairs Vol. 21, No. 3 (1979): 398.
[4] Paul Gootenberg,
Imagining Development: Economic Ideas in Peru’s «Fictitious Prosperity»
of Guano, 1840–1880 (Berkeley: University of California, 1993), p.
111–112.
[5] Gootenberg,
p. 50.
[6] Lawrence
A. Clayton, W.R. Grace & Co.: The Formative Years,
1850–1930 (Ottowa: Jameson Books, 1985); p. 25.
[7] Gootenberg,
p. 26.
[8] Vizcarra,
p. 370.
[9] Gorman,
p. 402.
[10] Gootenberg,
p. 2.
[11] Clayton,
p. 53.
[12] Gootenberg, 58.
[13] Gootenberg,
p. 31.
[14] Gootenberg,
p. 79.
[15] Gootenberg,
p. 92.
[16] Gootenberg,
p. 102.
[17] W. M. Mathew,
«Peru and the British Guano Market, 1840–1870». The Economic History
Review Vol. 23, No. 1 (1970): 127.
[18] Gootenberg,
p. 104.
[19] Alexander
James Duffield, Peru in the Guano Age (London: Richard Bentley and Son,
1877), p. 9–11.
[20] Shane J.
Hunt, «Growth and Guano in Nineteenth Century Peru,» Research Program in Economic
Development Discussion Paper No. 34: 94.
[21] Duffield,
p. 12.
[22] The Bankers
Magazine. Volume 43, p. 230.
[23] Ibid.
[24] Gootenberg,
p. 2.
[25] Gootenberg,
p. 166.
[26] Gootenberg,
p. 2.
[27] Hunt,
p. 80.
[28] Gootenberg,
p. 110.
[29] Hunt,
p. 109.
[30] Gootenberg,
p. 67.
[31] Hunt,
p. 109.
[32] Ludwig
Von Mises, Bureaucracy (New Haven: Yale University Press, 1944), p. 52.
¿Por qué los ingresos del guano no produjeron desarrollo económico?
«El problema de la extinción que se acercaba no era inmediato en los cincuenta y sesenta, y la administración de Lima —cortoplacista, oportunista y, en distintos grados, corrupta— no era de las que puede esperarse que tenga en cuenta el futuro bienestar económico del país».[17]
ResponderEliminarEn respuesta à la crisis económica, en 1875, Pardo, ahora presidente del Perú, ordenó al ejército ocupar los yacimientos de nitratos del sur del país, en la frontera con Chile, en un esfuerzo por compensar el declinante negocio del guano con los ingresos de otra fuente de fertilizantes.
Estas últimas palabras se volverían famosas cuando la endeudada economía del Perú se puso repentinamente de cabeza por el Pánico de 1873. La crisis europea golpeó la economía peruana de dos formas: primero, porque el gobierno peruano había incrementado tanto los precios del guano, desdeñando la competencia de productos alternativos, que los granjeros afectados por la crisis optaron por usar fertilizantes más baratos; esto drenó la demanda de cargamentos desde las Islas Chincha. Segundo, porque con los mercados de dinero y materias primas de Londres congelados, los inversionistas dejaron de dar crédito al Perú, una vez más agobiado por la deupor q avia un mal invercion con en guano y avia corrutcion entre ellos
«El problema de la extinción que se acercaba no era inmediato en los cincuenta y sesenta, y la administración de Lima —cortoplacista, oportunista y, en distintos grados, corrupta— no era de las que puede esperarse que tenga en cuenta el futuro bienestar económico del país».[17]
ResponderEliminarEn respuesta à la crisis económica, en 1875, Pardo, ahora presidente del Perú, ordenó al ejército ocupar los yacimientos de nitratos del sur del país, en la frontera con Chile, en un esfuerzo por compensar el declinante negocio del guano con los ingresos de otra fuente de fertilizantes.
4toE
ResponderEliminarEl problema de la extinción que se acercaba no era inmediato en los cincuenta y sesenta, y la administración de Lima —cortoplacista, oportunista y, en distintos grados, corrupta— no era de las que puede esperarse que tenga en cuenta el futuro bienestar económico del país.
ResponderEliminarEn respuesta à la crisis económica, en 1875, Pardo, ahora presidente del Perú, ordenó al ejército ocupar los yacimientos de nitratos del sur del país, en la frontera con Chile, en un esfuerzo por compensar el declinante negocio del guano con los ingresos de otra fuente de fertilizantes.
Estas últimas palabras se volverían famosas cuando la endeudada economía del Perú se puso repentinamente de cabeza por el Pánico de 1873. La crisis europea golpeó la economía peruana de dos formas: primero, porque el gobierno peruano había incrementado tanto los precios del guano, desdeñando la competencia de productos alternativos, que los granjeros afectados por la crisis optaron por usar fertilizantes más baratos; esto drenó la demanda de cargamentos desde las Islas Chincha. Segundo, porque con los mercados de dinero y materias primas de Londres congelados, los inversionistas dejaron de dar crédito al Perú, una vez más agobiado por la deupor q avia un mal invercion con en guano y avia corrutcion entre ellos.
4to ''F''