jueves, 25 de junio de 2015

LA ERA DEL GUANO


















José Carlos Mariátegui
"Esquema de la evolución económica"
III. El periodo del guano y del salitre
El capítulo de la evolución de la economía peruana que se abre con el descubrimiento de la riqueza del guano y del salitre y se cierra con su pérdida, explica totalmente una serie de fenómenos políticos de nuestro proceso histórico que una concepción anecdótica y retórica más bien que romántica de la historia peruana se ha complacido tan superficialmente en desfigurar y contrahacer. Pero este rápido esquema de interpretación no se propone ilustrar ni enfocar esos fenómenos sino fijar o definir algunos rasgos sustantivos de la formación de nuestra economía para percibir mejor su carácter de economía colonial. Consideremos sólo el hecho económico.
Empecemos por constatar que al guano y al salitre, sustancias humildes y groseras, les tocó jugar en la gesta de la República un rol que había parecido reservado al oro y a la plata en tiempos más caballerescos y menos positivistas. España nos quería y nos guardaba como país productor de metales preciosos. Inglaterra nos prefirió como país productor de guano y salitre. Pero este diferente gesto no acusaba, por supuesto, un móvil diverso. Lo que cambiaba no era el móvil; era la época. El oro del Perú perdía su poder de atracción en una época en que, en América, la vara del pioneer descubría el oro de California. En cambio el guano y el salitre —que para anteriores civilizaciones hubieran carecido de valor pero que para una civilización industrial adquirían un precio extraordinario— constituían una reserva casi exclusivamente nuestra. El industrialismo europeo u occidental —fenómeno en pleno desarrollo— necesitaba abastecerse de estas materias en el lejano litoral del sur del Pacífico. A la explotación de los dos productos no se oponía, de otro lado, como a la de otros productos peruanos, el estado rudimentario y primitivo de los transportes terrestres. Mientras que para extraer de las entrañas de los Andes el oro, la plata, el cobre, el carbón, se tenía que salvar ásperas montañas y enormes distancias, el salitre y el guano yacían en la costa casi al alcance de los barcos que venían a buscarlos.
La fácil explotación de este recurso natural dominó todas las otras manifestaciones de la vida económica del país. El guano y el salitre ocuparon un puesto desmesurado en la economía peruana. Sus rendimientos se convirtieron en la principal renta fiscal. El país se sintió rico. El Estado usó sin medida de su crédito. Vivió en el derroche, hipotecando su porvenir a la finanza inglesa.
Esta es a grandes rasgos toda la historia del guano y del salitre para el observador que se siente puramente economista. Lo demás, a primera vista, pertenece al historiador. Pero, en este caso, como en todos, el hecho económico es mucho más complejo y trascendental de lo que parece.
El guano y el salitre, ante todo, cumplieron la función de crear un activo tráfico con el mundo occidental en un período en que el Perú, mal situado geográficamente, no disponía de grandes medios de atraer a su suelo las corrientes colonizadoras y civilizadoras que fecundaban ya otros países de la América indo-ibera. Este tráfico colocó nuestra economía bajo el control del capital británico al cual, a consecuencia de las deudas contraídas con la garantía de ambos productos, debíamos entregar más tarde la administración de los ferrocarriles, esto es, de los resortes mismos de la explotación de nuestros recursos.
Las utilidades del guano y del salitre crearon en el Perú, donde la propiedad había conservado hasta entonces un carácter aristocrático y feudal, los primeros elementos sólidos de capital comercial y bancario. Los profiteursdirectos e indirectos de las riquezas del litoral empezaron a constituir una clase capitalista. Se formó en el Perú una burguesía, confundida y enlazada en su origen y su estructura con la aristocracia, formada principalmente por los sucesores de los encomenderos y terratenientes de la colonia, pero obligada por su función a adoptar los principios fundamentales de la economía y la política liberales. Con este fenómeno —al cual me refiero en varios pasajes de los estudios que componen este libro—, se relacionan las siguientes constataciones: "En los primeros tiempos de la Independencia, la lucha de facciones y jefes militares aparece como una consecuencia de la falta de una burguesía orgánica. En el Perú, la revolución hallaba menos definidos, más retrasados que en otros pueblos hispanoamericanos, los elementos de un orden liberal burgués. Para que este orden funcionase más o menos embrionariamente tenía que constituirse una clase capitalista vigorosa. Mientras esta clase se organizaba, el poder estaba a merced de los caudillos militares. El gobierno de Castilla marcó la etapa de solidificación de una clase capitalista. Las concesiones del Estado y los beneficios del guano y del salitre crearon un capitalismo y una burguesía. Y esta clase, que se organizó luego en el ‘civilismo’, se movió muy pronto a la conquista total del poder".
Otra faz de este capítulo de la historia económica de la República es la afirmación de la nueva economía como economía prevalentemente costeña. La búsqueda del oro y de la plata obligó a los españoles —contra su tendencia a instalarse en la costa—, a mantener y ensanchar en la sierra sus puestos avanzados. La minería —actividad fundamental del régimen económico implantado por España en el territorio sobre el cual prosperó antes una sociedad genuina y típicamente agraria—, exigió que se estableciesen en la sierra las bases de la Colonia. El guano y el salitre vinieron a rectificar esta situación. Fortalecieron el poder de la costa. Estimularon la sedimentación del Perú nuevo en la tierra baja. Y acentuaron el dualismo y el conflicto que hasta ahora constituyen nuestro mayor problema histórico.
Este capítulo del guano y del salitre no se deja, por consiguiente, aislar del desenvolvimiento posterior de nuestra economía. Están ahí las raíces y los factores del capítulo que ha seguido. La guerra del Pacífico, consecuencia del guano y del salitre, no canceló las otras consecuencias del descubrimiento y la explotación de estos recursos, cuya pérdida nos reveló trágicamente el peligro de una prosperidad económica apoyada o cimentada casi exclusivamente sobre la posesión de una riqueza natural, expuesta a la codicia y al asalto de un imperialismo extranjero o a la decadencia de sus aplicaciones por efecto de las continuas mutaciones producidas en el campo industrial por los inventos de la ciencia. Caillaux nos habla con evidente actualidad capitalista, de la inestabilidad económica e industrial que engendra el progreso científico (3).


HERACLIO BONILLA


“Guano y Burguesía en el Perú”

¿Qué puede pensar el extranjero que lea, allá en los solaces de su hogar, su diario de debates, su periódico oficial, su crónica de tribunales y su movimiento de aduanas? Dirá que el Perú es un país culto, que marcha a sus destinos en armonía con la humanidad. ¿Y qué dirá el mismo extranjero, si venido a estas playas, pregunta, averigua y palpa que el Presidente de la República es hijo de la intriga y no del sufragio; que no hay tal separación de poderes; ni tal Ley del Presupuesto; ni Universidades, ni cosa que lo valga, sino que todo es una farsa? Apartará de él los ojos y dirá: esto no es sociedad, ni gobierno, sino guano. Repugnante, vergonzoso, desesperante y doloroso es decirlo; pero es la verdad. Carlos Lisson (1865)

lanic.utexas.edu/project/laoap/iep/ddtlibro15.pdf

departamento.pucp.edu.pe/economia/images/documentos/DDD64.pdf

El gran «boom» del guano (y su caída)

A medida que los pre­cios de la ener­gía suben con el inter­mi­na­ble envi­le­ci­miento del dólar, el euro y otras mone­das impor­tan­tes, se deja sen­tir a gri­tos el eterno reclamo de inter­ven­ción esta­tal en los mer­ca­dos ener­gé­ti­cos. Los intere­ses detrás de estas polí­ti­cas defien­den la mani­pu­la­ción de los mer­ca­dos del petró­leo, el car­bón y el gas natu­ral por parte de los gobier­nos, así como un sólido con­trol esta­tal de recur­sos sin refi­nar como el petró­leo o los mine­ra­les, simi­la­res a los yaci­mien­tos del Refu­gio Natu­ral de Vida Sal­vaje del Ártico.
¿Apren­de­mos de la his­to­ria?Ahora que en el Perú regre­san poco a poco los con­tro­les esta­ta­les sobre prác­ti­ca­mente todo, ofre­ce­mos este reve­la­dor artículo sobre algo que ya debe­ría­mos haber asi­mi­lado (o no haberlo olvidado).
Existe una firme creen­cia en que los gobier­nos son supe­rio­res a los intere­ses pri­va­dos y a los mer­ca­dos en el manejo de los recur­sos natu­ra­les. Aun­que muchos ejem­plos en la his­to­ria reciente demues­tran lo insen­sato de esta creen­cia, la expe­rien­cia del Perú durante el siglo XIX, cuando sufrió un per­verso auge eco­nó­mico y la pos­te­rior quie­bra del país como con­se­cuen­cia del mismo, nos ofrece un ejem­plo par­ti­cu­lar­mente con­vin­cente de los terri­bles efec­tos que tiene el dele­gar el uso de recur­sos pre­cio­sos a pla­ni­fi­ca­do­res centrales.
El Perú era una nación des­tro­zada para 1839. La deuda y la des­truc­ción que deja­ron las gue­rras de la Con­fe­de­ra­ción Peruano-Boliviana (1836−1839) y de la Inde­pen­den­cia (1822−1825), junto con la aplas­tante deuda por impago de 1826 y los efec­tos de varias cen­tu­rias como colo­nia espa­ñola, deja­ron la eco­no­mía del país empe­que­ñe­cida y domi­nada por la arte­sa­nía, care­ciendo incluso de sis­tema ban­ca­rio.[1]

Pero en los pri­me­ros años de la década de 1840 se pro­dujo un espec­ta­cu­lar des­cu­bri­miento. Debido a una rara caren­cia de llu­vias y à la par­ti­cu­lar varie­dad de aves mari­nas que allí anida­ban, se encon­tró que las Islas Chin­cha esta­ban cubier­tas por mon­ta­ñas de excre­men­tos de ave acu­mu­la­das durante siglos, alcan­zando en algu­nos luga­res una altura de varios cien­tos de pies. De una cali­dad par­ti­cu­lar­mente alta, se llegó a pen­sar que eran los mayo­res depó­si­tos de guano de ave del mundo, en una época en que este se usaba como fer­ti­li­zante en todas par­tes. De este modo, un valioso recurso natu­ral fue hallado de la nada, uno que pro­me­tía —si se mane­jaba ade­cua­da­mente— pro­du­cir una riqueza que haría «tam­ba­lear los sue­ños de la ima­gi­na­ción orien­tal», dando paso, posi­ble­mente, a una nueva era de pro­greso y desa­rro­llo.[2]
La opor­tu­ni­dad fue inme­dia­ta­mente obvia para los polí­ti­cos perua­nos. En la Lima pos­co­lo­nial, «la acti­tud que pre­va­le­cía sobre la polí­tica era que esta es un nego­cio, y que una vez que se alcan­zaba (un cargo público) lo nor­mal era obte­ner bene­fi­cios».[3] Así fue que, no mucho des­pués del des­cu­bri­miento de los depó­si­tos de guano, el gobierno peruano tomó pose­sión de las islas en forma suma­ria, osten­si­ble­mente para ase­gu­rar «la inte­gri­dad nacio­nal y el uso pro­duc­tivo del guano».[4] La supo­si­ción implí­cita era que el estado, con su mono­po­lio de la fuerza, actua­ría como cus­to­dio de dicho recurso para su pue­blo. «El estado peruano (…) con­si­de­raba el fer­ti­li­zante como un bien público y un recurso de desa­rro­llo (…) su mono­po­lio ase­gu­ra­ría una pros­pe­ri­dad que podría ser diri­gida hacia una moder­ni­za­ción y un desa­rro­llo más amplios y dura­de­ros».[5]
tiene el dele­gar el uso de recur­sos pre­cio­sos a pla­ni­fi­ca­do­res centrales.

El Perú era una nación des­tro­zada para 1839. La deuda y la des­truc­ción que deja­ron las gue­rras de la Con­fe­de­ra­ción Peruano-Boliviana (1836−1839) y de la Inde­pen­den­cia (1822−1825), junto con la aplas­tante deuda por impago de 1826 y los efec­tos de varias cen­tu­rias como colo­nia espa­ñola, deja­ron la eco­no­mía del país empe­que­ñe­cida y domi­nada por la arte­sa­nía, care­ciendo incluso de sis­tema ban­ca­rio.[1]

Se designó a Fran­cisco de Qui­roz, un polí­tico, para diri­gir ini­cial­mente la extrac­ción y las ope­ra­cio­nes de trans­porte por mar. En los pri­me­ros años, a medida que el poten­cial eco­nó­mico del fer­ti­li­zante se hizo apa­rente, el gobierno «for­ta­le­ció su posi­ción sobre los con­tra­tis­tas en forma pro­gre­siva», lle­gando a con­tro­lar los pre­cios y des­ti­nando pri­sio­ne­ros à la extrac­ción del guano.[6]
Una de las pri­me­ras cosas que hizo el gobierno peruano con los ingre­sos del fer­ti­li­zante fue sal­dar sus deu­das de gue­rra; de hecho, para 1853 —con­tra todo pro­nós­tico— este se encon­tró, breve y envi­dia­ble­mente, libre de deu­das. Sin embargo, pronto empezó a endeu­darse de nuevo, garan­ti­zando los prés­ta­mos con las ven­tas futu­ras del guano.
Pese a que «a menudo reso­naba la retó­rica del libe­ra­lismo eco­nó­mico en las publi­ca­cio­nes y anun­cios ofi­cia­les» para guar­dar las apa­rien­cias, el nego­cio esta­tal de extrac­ción y trans­porte de mate­ria fecal era, en la prác­tica, mer­can­ti­lismo puro: nacio­na­li­za­ción de un recurso para agran­dar el estado, con una nota­ble —y a menudo reco­no­cida— dis­po­si­ción a bene­fi­ciar a indi­vi­duos y gru­pos cer­ca­nos al poder.[7] En las siguien­tes décadas,
los gas­tos del estado cre­cie­ron junto con las ganan­cias del guano. Los gas­tos mili­ta­res y el ser­vi­cio de la deuda se lle­va­ban gran parte de dicho incre­mento (…) El con­trol de los ingre­sos del guano (…) per­mi­tía al gobierno pagar a quie­nes lo apo­ya­ban, y finan­ciar gran­des fuer­zas mili­ta­res (…) Los bene­fi­cios del guano eran un pre­mio, que incre­men­taba las ganan­cias de aque­llos gru­pos pri­va­dos que gana­ban el con­trol del estado».[8]
En un sór­dido con­texto de corrup­ción, nego­cia­dos de poder y arro­gan­cia en los corre­do­res polí­ti­cos y salo­nes de fuma­do­res de los clu­bes socia­les de Lima, «las éli­tes polí­ti­cas se for­ta­le­cían sacando pro­ve­cho de las polí­ti­cas del gobierno».[9] El número de sine­cu­ras esta­lló. Se estima que «el gobierno (y sus con­tra­tis­tas loca­les) se las arre­gla­ron para que­darse con un impre­sio­nante 71% del resul­tado final de las ven­tas» del abono expor­tado.[10] Los con­tra­tis­tas, como se supo des­pués, «infla­ban habi­tual­mente los cos­tos para defrau­dar al gobierno e incre­men­tar sus ganan­cias».[11]
Como era de espe­rar, vir­tual­mente todos los pro­yec­tos que sur­gie­ron de los bene­fi­cios del guano se con­cen­tra­ron en la capi­tal, Lima, y sus áreas ale­da­ñas. El pre­su­puesto público se tri­plicó hacia 1860, y, en una nación con la mayor parte de su pobla­ción viviendo en la pobreza, se cons­tru­ye­ron man­sio­nes muy selec­tas a medida que las modas de Lon­dres y Paris lle­ga­ban a las calles de Lima.[12]
Obras públi­cas y pre­ben­das pri­va­das remo­de­la­ron la ciu­dad «(…) con impo­nen­tes museos, par­ques, pla­zas, aca­de­mias, bule­va­res, man­sio­nes y tea­tros, sin men­cio­nar lo último en sis­te­mas de agua pota­ble y ópera ita­liana. Impor­ta­cio­nes —de todo, desde tex­ti­les de uso dia­rio hasta lujo­sos acce­so­rios y añe­jos vinos fran­ce­ses [lle­ga­ron à la ciu­dad].[13]

Se hicie­ron pla­nes para cual­quier cosa, desde asti­lle­ros aus­pi­cia­dos por el estado hasta «agroin­dus­trias», pese a que algu­nos perua­nos eran cons­cien­tes de que la bonanza no podía durar inde­fi­ni­da­mente. En 1862, el inte­lec­tual y hom­bre de nego­cios Manuel Pardo publicó Estu­dios sobre la pro­vin­cia de Jauja, seña­lando que en los 15 años ante­rio­res los yaci­mien­tos de guano de Chin­cha habían gene­rado unos 150 millo­nes de dóla­res de ingre­sos, pero que esa riqueza «ya estaba per­dida». Estimó que al Perú le que­da­ban qui­zás unos 10 ó 12 años de depó­si­tos extra­íbles hasta que sobre­venga «el ago­ta­miento del recurso».[14] Pese a ello, en vez de exi­gir res­pon­sa­bi­li­dad fis­cal (sin refe­rir­nos siquiera a las ausen­tes fuer­zas del mer­cado), Pardo defen­día que los pro­yec­tos del estado fue­sen más gran­des y de más largo plazo. Espe­cí­fi­ca­mente, defen­día el pro­grama del espa­cio del siglo XIX: líneas de ferro­ca­rri­les cons­trui­das y sub­ven­cio­na­das por el Estado.
Los ferro­ca­rri­les, según la teo­ría, eran el umbral del cre­ci­miento eco­nó­mico y el acceso a un pres­ti­gio como país indus­tria­li­zado de Pri­mer Mundo; más aún, se decía, con ello se crea­ría mer­ca­dos pro­pios. ¿Cómo podían tomar en serio al Perú sus socios comer­cia­les euro­peos —es decir, como algo más que una mera e inter­mi­na­ble fuente de excre­mento aviar—, si las reatas de mulas eran toda­vía el prin­ci­pal medio de viaje en los Andes?
Pero un Perú cru­zado por líneas de tren nece­si­ta­ría más que loco­mo­to­ras, vago­nes y esta­cio­nes. Para desa­rro­llar las capa­ci­da­des loca­les reque­ri­das en el manejo de los ferro­ca­rri­les, dije­ron otros inte­lec­tua­les, el Perú nece­si­ta­ría más ins­ti­tu­cio­nes. De este modo, se amplia­ron los pla­nes y el pre­su­puesto para incluir una escuela de inge­nie­ros, un «ins­ti­tuto de cien­cia» y una socie­dad meta­lúr­gica.[15]
Los ecos de una inter­mi­na­ble juerga fis­cal reso­na­ron por todo el globo, y, para media­dos de la década de 1860, inge­nie­ros, indus­tria­les en cier­nes y rapa­ces ven­de­do­res de cual­quier cosa pro­ve­nien­tes de todo el mundo lle­ga­ron al Perú, donde bus­ca­ron febril­mente a los fun­cio­na­rios del estado con la inten­ción de par­ti­ci­par en el boomde la cons­truc­ción. La manía ferro­via­ria alcanzó pro­por­cio­nes explo­si­vas en 1868 con la lle­gada del indispu­tado rey de los pro­mo­to­res ferro­via­rios del momento: Henry Meiggs. Los gas­tos del gobierno en el ferro­ca­rril eran monu­men­ta­les: luego de lan­zar dos ven­tas masi­vas de bonos en Lon­dres en 1870 y 1872, los pro­yec­tos ferro­via­rios lle­ga­ron a con­su­mir hasta el 57% del pre­su­puesto del estado, lle­gando a tomar, solo para el ser­vi­cio de la deuda, los ingre­sos tota­les del guano.
La fase final del boom del guano puede muy bien haberse alcan­zado hacia 1871, cuando Meiggs saludó la puesta en mar­cha de un ferro­ca­rril como el «ariete de la civi­li­za­ción moderna, cuyo sil­bato des­per­tará à la raza nativa de su sueño» y traerá «la revo­lu­ción social».[16]
Mien­tras tanto, los cerros de guano de la costa del Perú se encogían:
«El pro­blema de la extin­ción que se acer­caba no era inme­diato en los cin­cuenta y sesenta, y la admi­nis­tra­ción de Lima —cor­to­pla­cista, opor­tu­nista y, en dis­tin­tos gra­dos, corrupta— no era de las que puede espe­rarse que tenga en cuenta el futuro bie­nes­tar eco­nó­mico del país».[17]
En 1871, el diri­gente peruano, Coro­nel José Balta, refle­xio­naba admi­rado sobre los logros de los pro­yec­tos del estado deri­va­dos de la explo­ta­ción del guano, atri­bu­yén­do­les haber «dado vida al feliz sueño de la gente (…) movi­li­zado el tra­bajo, dete­nido el des­em­pleo, creado indus­tria, engen­drado el espí­ritu de los nego­cios, reno­vado el cré­dito, y ser la raíz de la tran­qui­li­dad pública».[18]
Estas últi­mas pala­bras se vol­ve­rían famo­sas cuando la endeu­dada eco­no­mía del Perú se puso repen­ti­na­mente de cabeza por el Pánico de 1873. La cri­sis euro­pea gol­peó la eco­no­mía peruana de dos for­mas: pri­mero, por­que el gobierno peruano había incre­men­tado tanto los pre­cios del guano, des­de­ñando la com­pe­ten­cia de pro­duc­tos alter­na­ti­vos, que los gran­je­ros afec­ta­dos por la cri­sis opta­ron por usar fer­ti­li­zan­tes más bara­tos; esto drenó la demanda de car­ga­men­tos desde las Islas Chin­cha. Segundo, por­que con los mer­ca­dos de dinero y mate­rias pri­mas de Lon­dres con­ge­la­dos, los inver­sio­nis­tas deja­ron de dar cré­dito al Perú, una vez más ago­biado por la deuda.
En res­puesta à la cri­sis eco­nó­mica, en 1875, Pardo, ahora pre­si­dente del Perú, ordenó al ejér­cito ocu­par los yaci­mien­tos de nitra­tos del sur del país, en la fron­tera con Chile, en un esfuerzo por com­pen­sar el decli­nante nego­cio del guano con los ingre­sos de otra fuente de fer­ti­li­zan­tes. Aun­que el estado apre­suró la expro­pia­ción de tie­rras e ins­ta­la­cio­nes de inver­sio­nis­tas pri­va­dos, la medida hizo muy poco, y lo hizo muy tarde, por reme­diar el pro­blema. Los tra­ba­jos en los pro­yec­tos ferro­via­rios se detu­vie­ron en agosto de 1875. En los meses siguien­tes, diver­sos pro­yec­tos del gobierno caye­ron en cesa­ción de pagos en medio de un cre­ciente con­ta­gio finan­ciero que cul­minó en enero de 1876, cuando el Perú dejó de pagar su deuda sobe­rana por segunda vez en un siglo: las mon­ta­ñas de prés­ta­mos de ban­cos euro­peos con­tras­ta­ban cruel­mente con los decre­cien­tes mon­to­nes de excre­men­tos de aves.
El via­jero Ale­xan­der Duf­field des­cri­bió el Perú tras el boom del guano, en 1877:
La tie­rra no está cul­ti­vada (…) las fuen­tes de agua y sis­te­mas de irri­ga­ción están malo­gra­dos (…) es asom­broso que los habi­tan­tes (de Lima) hayan sobre­vi­vido, y que aque­llos que no han muerto en la revo­lu­ción del año pasado no hayan sido diez­ma­dos por una epi­de­mia (…) deja­dez (…) es la orden del día».[19]
Encon­tró, ade­más, que las carre­te­ras esta­ban «en rui­nas», con ciu­da­da­nos perua­nos «viviendo de la mano à la boca». Plei­tos y liti­gios eran la orden del día: «acu­dir à la Ley no es tan solo una pasión infame (…) es un medio de vida». El «sueño feliz de la gente» ima­gi­nado por Balta no era más que un mito: solo entre 1866 y 1877 los pre­cios casi se dupli­ca­ron, y entre 1857 y 1876 la tasa de des­em­pleo subió de 16.1% a 23.4%.[20]
Duf­field resu­mió con mali­ciosa iro­nía el periodo no tanto como la era del guano sino como la «era de la mierda».[21]
La pesa­di­lla no había ter­mi­nado. A fines de 1878, con los ban­cos derrum­bán­dose y los gas­tos del gobierno el doble de sus ingre­sos, las máqui­nas impre­so­ras de bille­tes se pusie­ron a tra­ba­jar. Inmen­sas can­ti­da­des de moneda se emi­tie­ron rápi­da­mente, y muy pronto gol­peó la hiper­in­fla­ción. Se estima que en solo diez días «60 millo­nes de soles fue­ron pues­tos en cir­cu­la­ción (…) una suma equi­va­lente a 2 millo­nes de los anti­guos soles».[22] Los soles con res­paldo de plata des­a­pa­re­cie­ron com­ple­ta­mente de cir­cu­la­ción, «no había transac­cio­nes con papel moneda, y los nego­cios esta­ban prác­ti­ca­mente para­li­za­dos».[23]
Habiendo tenido acceso ili­mi­tado al cré­dito en Lon­dres (…), pero ahora ago­biado con la mayor deuda externa de Amé­rica Latina, el Perú no estaba pre­pa­rado para la quie­bra. Pasó de la riqueza más grande à la mise­ria, y no le que­daba nada que mos­trar como avance eco­nó­mico dura­dero.[24]
La ines­ta­bi­li­dad barrió à la nación, con unos 36 inten­tos de levan­ta­miento en cua­tro años. Las cosas pronto se pusie­ron peo­res cuando Chile, en res­puesta à la ocu­pa­ción de los cam­pos de nitra­tos orde­nada por Pardo, inva­dió el Perú en 1879.[25] Derro­tado mili­tar­mente hacia 1883 y car­gado con una moneda envi­le­cida, una deuda externa volu­mi­nosa y las secue­las de la pos­gue­rra, al Perú le toma­ría déca­das recuperarse.
En retros­pec­tiva, «el guano fue una gran opor­tu­ni­dad per­dida para el desa­rro­llo del Perú (…) ya que las inver­sio­nes del estado pusie­ron obs­tácu­los infran­quea­bles a los empren­de­do­res nacio­na­les, la diver­si­fi­ca­ción y las mejo­ras en pro­duc­ti­vi­dad domés­tica».[26] En unas cua­tro déca­das, bajo la super­vi­sión y la direc­ción del gobierno, entre 11 y 12 millo­nes de tone­la­das de excre­mento para abono fue­ron embar­ca­das, gene­rando ingre­sos por 500 millo­nes de dóla­res. (Otro esti­mado sos­tiene que el número de tone­la­das trans­por­ta­das fue de más de 20 millo­nes, y los ingre­sos 2,000 millo­nes de dóla­res). Pero, al final, el 53% de lo ingre­sado por las ven­tas del guano se gastó en hacer cre­cer la buro­cra­cia y el ejér­cito, el 12% en trans­fe­rir pagos direc­ta­mente y el 7% en la reduc­ción de impo­si­cio­nes tri­bu­ta­rias.[27] El 20% se había gas­tado en los ferrocarriles.
Aun­que la mayor parte de los gas­tos del gobierno fue­ron malas inver­sio­nes, las de los ferro­ca­rri­les fue­ron las peo­res. Para cuando el Perú se recu­peró por com­pleto de su situa­ción, el camión se había vuelto la alter­na­tiva más efi­ciente para el trans­porte de bie­nes.[28] A lo largo de muchas de las vías ferro­via­rias que se pla­ni­fi­ca­ron yacían ciu­da­des fan­tas­mas, ocu­pa­das aquí y allá por tra­ba­ja­do­res ferro­via­rios sin empleo, haci­na­dos en cho­zas. En el momento en que los ferro­ca­rri­les perua­nos cesa­ron los pagos de sus obli­ga­cio­nes, y las vías a medio cons­truir yacían oxi­dán­dose en la selva, los mis­mos pro­mo­to­res que se habían bur­lado de las cara­va­nas de mulas echa­ron la culpa del fra­caso à la com­pe­ten­cia de éstas.[29]
Es nada sor­pren­dente y muy reve­la­dor el que uno de los pocos pro­yec­tos esta­ta­les que llegó a «ser­vir» à la gente del Perú al final del boom del guano, fue una peni­ten­cia­ría.[30]
La causa final del fra­caso de la indus­tria del guano para esta­ble­cer una pros­pe­ri­dad eco­nó­mica dura­dera ha sido tema de debate por más de un siglo en los círcu­los eco­nó­mi­cos: espe­cí­fi­ca­mente, ¿cómo es que un recurso natu­ral que es fácil de extraer, y es deman­dado por todo el mundo, no sola­mente no llevó à la pros­pe­ri­dad sino que de hecho pare­ció con­du­cir a una implo­sión económica?
Por supuesto, la mine­ría del guano y su expor­ta­ción no fue­ron lo que pro­dujo el fra­caso; lo que lo hizo fue­ron las irres­pon­sa­bles polí­ti­cas fis­ca­les y mone­ta­rias del gobierno peruano. Una expli­ca­ción sos­tiene que «una pobre selec­ción de pro­yec­tos de inver­sión» tuvo la culpa de la quie­bra.[31] Mien­tras que esto es indu­da­ble­mente cierto, ello sugiere que el gobierno podría haber sido capaz de hacer bue­nas «elec­cio­nes de inver­sión» en otras cir­cuns­tan­cias. Como escri­bió Mises:
Con­du­cir los asun­tos de gobierno es tan dife­rente de los pro­ce­sos indus­tria­les como per­se­guir, juz­gar y decla­rar cul­pa­ble a un ase­sino lo es de sem­brar y cose­char gra­nos, o fabri­car zapa­tos. La efi­cien­cia del gobierno y la efi­cien­cia de la indus­tria son cosas com­ple­ta­mente dis­tin­tas (…) Nin­guna reforma puede con­ver­tir una ofi­cina pública en algún tipo de empresa pri­vada. Un gobierno no es una empresa que busca bene­fi­cios.[32]
¿Cómo, enton­ces, pudo haber hecho el estado peruano para mane­jar con éxito el abun­dante fer­ti­li­zante de su lito­ral? Sen­ci­lla­mente: no metién­dose en el medio. El gobierno pudo haber noti­fi­cado a los ciu­da­da­nos —entre ellos, a empre­sa­rios en cier­nes— de la exis­ten­cia del guano en los depó­si­tos de la costa. Los pro­pie­ta­rios de tie­rras y con­ce­sio­na­rios del estado, y empre­sa­rios mine­ros aven­tu­re­ros, se habrían orga­ni­zado para tomar con­ce­sio­nes que tra­ba­ja­rían a su pro­pio riesgo. Menos desea­ble, pero aún así pre­fe­ri­ble a lo que real­mente ocu­rrió, era la opción de que el gobierno subas­tase las mon­ta­ñas de guano a empren­de­do­res indi­vi­dua­les y cor­po­ra­ti­vos, tanto de casa como extran­je­ras, per­mi­tiendo una com­pe­ten­cia basada en los cono­ci­mien­tos, la efi­cien­cia y el precio.
¿Y de ahí qué? Hay tan­tas posi­bi­li­da­des como las que el mer­cado ofrezca. Algu­nos empre­sa­rios habrían extraído y expor­tado el guano; otros podrían haber usado el fer­ti­li­zante para desa­rro­llar pro­yec­tos de agri­cul­tura en el Perú, o en otros luga­res; y algu­nos de los que expor­ta­ban el guano podrían haberlo inter­cam­biado por otras mate­rias pri­mas o por maqui­na­ria reque­rida para empe­zar otros nego­cios. Incluso, podrían haberlo alma­ce­nado para ven­derlo en el futuro, o usado una parte para expe­ri­men­tar en el desa­rro­llo de fer­ti­li­zan­tes alter­na­ti­vos, explo­si­vos o mate­ria­les de construcción.
Un espe­cu­la­dor de terre­nos podría haber com­prado, alqui­lado o hipo­te­cado con­ce­sio­nes de tie­rras, pla­neando cons­truir casas u otras estruc­tu­ras una vez que el guano des­a­pa­re­ciese. Una enti­dad espe­cial­mente bien finan­ciada podría haber com­prado la mayor parte de las con­ce­sio­nes, o todas, de los con­ce­sio­na­rios ini­cia­les, creando con ello la posi­bi­li­dad de finan­ciar otros esfuer­zos empre­sa­ria­les mien­tras inten­taba obte­ner ganan­cias del guano mediante eco­no­mías de escala. Los comer­cian­tes pudie­ron crear ins­tru­men­tos —futu­ros, con­tra­tos de tipos de cam­bio futu­ros* y opcio­nes— que per­mi­tie­ran espe­cu­lar con los pre­cios del guano, redu­cir los ries­gos** y las entre­gas. El esta­ble­ci­miento de comer­cios de sumi­nis­tro de mate­rial minero, dis­tri­bui­do­res de pro­vi­sio­nes y otras empre­sas pare­ci­das tam­bién era posi­ble. Todas estas for­mas de nego­cios podrían haber tenido el poten­cial de pro­du­cir gran­des y dura­de­ros bene­fi­cios para el Perú y su gente. Aun­que fuese el más obvio, ven­der el guano direc­ta­mente, des­pués de todo, era tan solo uno de los usos posi­bles de los yaci­mien­tos. Pero los usos alter­na­ti­vos solo podían ser explo­ra­dos en forma exhaus­tiva a tra­vés de nume­ro­sos acto­res inde­pen­dien­tes com­pi­tiendo en los mer­ca­dos; por esa razón, los recur­sos suje­tos à la auto­ri­dad polí­tica tien­den a ser uti­li­za­dos impro­duc­ti­va­mente, cuando no son direc­ta­mente destruidos.
Los polí­ti­cos perua­nos esta­ban guia­dos por el clien­te­lismo más que por los pre­cios, por lo que el nego­cio siguió una pauta de autén­tica baca­nal que ter­minó inelu­di­ble­mente en el derrumbe eco­nó­mico. Los esta­dos, por su pro­pia natu­ra­leza, no pue­den coor­di­nar —y, de hecho, no coor­di­nan— la pro­duc­ción con el con­sumo. Esto los lleva à la uti­li­za­ción inefi­ciente y a los pro­yec­tos derro­cha­do­res e insostenibles.
¿Esta­ría escon­dida una cura para el cán­cer en la colo­sal masa de excre­men­tos de ave, pro­pi­cia para la agri­cul­tura? ¿Inno­va­do­res como Henry Ford o los her­ma­nos Wright podrían haber salido de entre los «guano-emprendedores» perua­nos, o haber ger­mi­nado a par­tir de ellos? Todo es posi­ble, aun­que nunca lo sabre­mos. Pero, queda claro, por lo menos, que una potente demos­tra­ción del poder del comer­cio que opera sin gri­lle­tes —que pudo haber ins­pi­rado a millo­nes de empren­de­do­res en Amé­rica del Sur, y más allá inclu­sive— se per­dió irremediablemente.
En un mundo de deseos infi­ni­tos y medios limi­ta­dos es inevi­ta­ble hacer elec­cio­nes. El estu­dio de la his­to­ria y de la eco­no­mía revela que, aun­que los mer­ca­dos no hacen pro­me­sas, tam­poco mien­ten. La única elec­ción posi­ble es si la dis­tri­bu­ción —o la redis­tri­bu­ción, si es el caso— debe hacerse orgá­ni­ca­mente mediante la mano equi­li­bra­dora del sis­tema de pre­cios, o mediante la corrupta y depre­da­dora garra del estado.
Copy­right © 2012 Ins­ti­tuto Lud­wig von Mises. Publi­cado por Pro­yecto Repu­blica con per­miso del ILM. 
Tra­du­cido por Ale­xan­der A. Forsyth. Ver artículo ori­gi­nal.
[1] Cata­lina Viz­ca­rra, «Guano, Cre­di­ble Com­mit­ments, and State Finan­ces in Nineteenth-Century Peru,» Jour­nal of Eco­no­mic His­tory Vol. 69, No. 2 (2009): 358.
[2] Ame­ri­can Fer­ti­li­zer. Volu­men 34, p. 32.
[3] Step­hen M. Gor­man, «The State, Élite, and Export in Nine­teenth Cen­tury Peru: Toward an Alter­na­tive Rein­ter­pre­ta­tion of Poli­ti­cal Change,» Jour­nal of Inter­ame­ri­can Stu­dies and World Affairs Vol. 21, No. 3 (1979): 398.
[4] Paul Goo­ten­berg, Ima­gi­ning Deve­lop­ment: Eco­no­mic Ideas in Peru’s «Fic­ti­tious Pros­pe­rity» of Guano, 1840–1880 (Ber­ke­ley: Uni­ver­sity of Cali­for­nia, 1993), p. 111–112.
[5] Goo­ten­berg, p. 50.
[6] Lawrence A. Clay­ton, W.R. Grace & Co.: The For­ma­tive Years, 1850–1930 (Ottowa: Jame­son Books, 1985); p. 25.
[7] Goo­ten­berg, p. 26.
[8] Viz­ca­rra, p. 370.
[9] Gor­man, p. 402.
[10] Goo­ten­berg, p. 2.
[11] Clay­ton, p. 53.
[12] Goo­ten­berg, 58.
[13] Goo­ten­berg, p. 31.
[14] Goo­ten­berg, p. 79.
[15] Goo­ten­berg, p. 92.
[16] Goo­ten­berg, p. 102.
[17] W. M. Mat­hew, «Peru and the Bri­tish Guano Mar­ket, 1840–1870». The Eco­no­mic His­tory Review Vol. 23, No. 1 (1970): 127.
[18] Goo­ten­berg, p. 104.
[19] Ale­xan­der James Duf­field, Peru in the Guano Age (Lon­don: Richard Bentley and Son, 1877), p. 9–11.
[20] Shane J. Hunt, «Growth and Guano in Nine­teenth Cen­tury Peru,» Research Pro­gram in Eco­no­mic Deve­lop­ment Dis­cus­sion Paper No. 34: 94.
[21] Duf­field, p. 12.
[22] The Ban­kers Maga­zine. Volume 43, p. 230.
[23] Ibid.
[24] Goo­ten­berg, p. 2.
[25] Goo­ten­berg, p. 166.
[26] Goo­ten­berg, p. 2.
[27] Hunt, p. 80.
[28] Goo­ten­berg, p. 110.
[29] Hunt, p. 109.
[30] Goo­ten­berg, p. 67.
[31] Hunt, p. 109.
[32] Lud­wig Von Mises, Bureau­cracy (New Haven: Yale Uni­ver­sity Press, 1944), p. 52.

¿Por qué los ingresos del guano no produjeron desarrollo económico?




4 comentarios:

  1. «El pro­blema de la extin­ción que se acer­caba no era inme­diato en los cin­cuenta y sesenta, y la admi­nis­tra­ción de Lima —cor­to­pla­cista, opor­tu­nista y, en dis­tin­tos gra­dos, corrupta— no era de las que puede espe­rarse que tenga en cuenta el futuro bie­nes­tar eco­nó­mico del país».[17]
    En res­puesta à la cri­sis eco­nó­mica, en 1875, Pardo, ahora pre­si­dente del Perú, ordenó al ejér­cito ocu­par los yaci­mien­tos de nitra­tos del sur del país, en la fron­tera con Chile, en un esfuerzo por com­pen­sar el decli­nante nego­cio del guano con los ingre­sos de otra fuente de fer­ti­li­zan­tes.
    Estas últi­mas pala­bras se vol­ve­rían famo­sas cuando la endeu­dada eco­no­mía del Perú se puso repen­ti­na­mente de cabeza por el Pánico de 1873. La cri­sis euro­pea gol­peó la eco­no­mía peruana de dos for­mas: pri­mero, por­que el gobierno peruano había incre­men­tado tanto los pre­cios del guano, des­de­ñando la com­pe­ten­cia de pro­duc­tos alter­na­ti­vos, que los gran­je­ros afec­ta­dos por la cri­sis opta­ron por usar fer­ti­li­zan­tes más bara­tos; esto drenó la demanda de car­ga­men­tos desde las Islas Chin­cha. Segundo, por­que con los mer­ca­dos de dinero y mate­rias pri­mas de Lon­dres con­ge­la­dos, los inver­sio­nis­tas deja­ron de dar cré­dito al Perú, una vez más ago­biado por la deupor q avia un mal invercion con en guano y avia corrutcion entre ellos

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  2. «El pro­blema de la extin­ción que se acer­caba no era inme­diato en los cin­cuenta y sesenta, y la admi­nis­tra­ción de Lima —cor­to­pla­cista, opor­tu­nista y, en dis­tin­tos gra­dos, corrupta— no era de las que puede espe­rarse que tenga en cuenta el futuro bie­nes­tar eco­nó­mico del país».[17]
    En res­puesta à la cri­sis eco­nó­mica, en 1875, Pardo, ahora pre­si­dente del Perú, ordenó al ejér­cito ocu­par los yaci­mien­tos de nitra­tos del sur del país, en la fron­tera con Chile, en un esfuerzo por com­pen­sar el decli­nante nego­cio del guano con los ingre­sos de otra fuente de fer­ti­li­zan­tes.

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  3. El pro­blema de la extin­ción que se acer­caba no era inme­diato en los cin­cuenta y sesenta, y la admi­nis­tra­ción de Lima —cor­to­pla­cista, opor­tu­nista y, en dis­tin­tos gra­dos, corrupta— no era de las que puede espe­rarse que tenga en cuenta el futuro bie­nes­tar eco­nó­mico del país.
    En res­puesta à la cri­sis eco­nó­mica, en 1875, Pardo, ahora pre­si­dente del Perú, ordenó al ejér­cito ocu­par los yaci­mien­tos de nitra­tos del sur del país, en la fron­tera con Chile, en un esfuerzo por com­pen­sar el decli­nante nego­cio del guano con los ingre­sos de otra fuente de fer­ti­li­zan­tes.
    Estas últi­mas pala­bras se vol­ve­rían famo­sas cuando la endeu­dada eco­no­mía del Perú se puso repen­ti­na­mente de cabeza por el Pánico de 1873. La cri­sis euro­pea gol­peó la eco­no­mía peruana de dos for­mas: pri­mero, por­que el gobierno peruano había incre­men­tado tanto los pre­cios del guano, des­de­ñando la com­pe­ten­cia de pro­duc­tos alter­na­ti­vos, que los gran­je­ros afec­ta­dos por la cri­sis opta­ron por usar fer­ti­li­zan­tes más bara­tos; esto drenó la demanda de car­ga­men­tos desde las Islas Chin­cha. Segundo, por­que con los mer­ca­dos de dinero y mate­rias pri­mas de Lon­dres con­ge­la­dos, los inver­sio­nis­tas deja­ron de dar cré­dito al Perú, una vez más ago­biado por la deupor q avia un mal invercion con en guano y avia corrutcion entre ellos.

    4to ''F''

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